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¿Vivimos en un mundo más peligroso o nuestro cerebro lo percibe así?

Sep 21, 2026 | Ansiedad, crisis, EMDR, Emocional, Psicología Adultos

Guerras, catástrofes, violencia, crisis, amenazas. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, quizá nunca habíamos estado tan expuestos a la sensación de que algo malo está a punto de ocurrir.

Hace unos días tuve la oportunidad de hablar sobre este tema en la radio COPE Catalunya. Una conversación que parte de una pregunta que escucho cada vez con más frecuencia: ¿por qué, aunque nuestra vida esté objetivamente a salvo, podemos sentir que vivimos permanentemente amenazados?

La respuesta no está únicamente en lo que sucede en el mundo. También está en cómo funciona nuestro cerebro y en la manera en que hoy recibimos la información.

Un cerebro diseñado para detectar amenazas

Nuestro cerebro no evolucionó para hacernos felices. Una de sus funciones fundamentales es mantenernos vivos.

Por eso presta una atención especialmente intensa a aquello que puede representar un peligro. Desde un punto de vista evolutivo tiene todo el sentido: para nuestros antepasados era mucho más importante detectar rápidamente una amenaza que detenerse a contemplar algo agradable.

Este mecanismo sigue funcionando hoy.

El problema es que las amenazas que recibe nuestro cerebro ya no tienen que estar físicamente delante de nosotros.

Podemos estar sentados tranquilamente en el sofá de nuestra casa y, en pocos minutos, ver imágenes de una guerra, un incendio, una inundación, un asesinato o una nueva crisis internacional.

Nuestro cuerpo está seguro, pero nuestro cerebro está recibiendo continuamente señales de peligro.

Y cuando esto se repite una y otra vez puede aparecer un estado de hiperalerta.

Cuando la amenaza percibida se convierte en una experiencia corporal

Nuestro sistema nervioso no responde únicamente a lo que está ocurriendo en este instante. También responde a lo que anticipamos, imaginamos o interpretamos como peligroso.

Cuando percibimos una amenaza, nuestro organismo se prepara para responder.

Aumenta la vigilancia. Se incrementa la tensión muscular. Podemos respirar de forma más superficial. Nos cuesta desconectar. Estamos más pendientes de cualquier señal negativa.

En algunas personas esto puede traducirse en ansiedad, irritabilidad, problemas de sueño, dificultad para concentrarse o una sensación persistente de que “algo puede pasar”.

En muchos casos este estado persistente de alerta, puede llevar a una compensación del cerebro que nos lleve a «deprimirnos» , con el fin de frenar el desgaste energético que invertimos en la mencionada activación.

Es importante entender algo: la sensación de peligro es real aunque el peligro inmediato no lo sea.

El sistema nervioso puede reaccionar ante una amenaza percibida de una manera muy similar a como reaccionaría ante una amenaza presente.

Y entonces aparece el algoritmo

A este funcionamiento natural de nuestro cerebro se suma un fenómeno relativamente nuevo: los algoritmos de las redes sociales y de las plataformas digitales.

Imaginemos que ocurre una catástrofe y empezamos a mirar vídeos relacionados con ella.

Nos detenemos unos segundos más.

Abrimos una noticia.

Vemos otro vídeo.

Quizá buscamos información adicional.

El algoritmo interpreta nuestro comportamiento como interés y comienza a ofrecernos más contenido parecido.

De pronto, nuestra pantalla se llena de guerras, accidentes, conflictos, enfermedades o catástrofes.

Y aquí ocurre algo muy interesante desde el punto de vista psicológico.

Nuestro cerebro no necesariamente interpreta:

“Estoy viendo muchos vídeos sobre este tema porque un algoritmo ha aprendido que me interesa”.

Puede terminar interpretando:

“Esto está ocurriendo constantemente”.

Nuestra percepción de la frecuencia de un acontecimiento puede aumentar simplemente porque estamos mucho más expuestos a él.

Así se crea una especie de círculo:

me preocupa algo → busco información → el algoritmo me muestra más información relacionada → percibo más amenaza → aumenta mi preocupación → vuelvo a buscar información.

Y el ciclo vuelve a empezar.

Cuando nuestra pantalla se convierte en nuestra ventana al mundo

Hay otro elemento importante.

Durante gran parte de la historia, nuestra percepción del mundo se construía principalmente a partir de aquello que ocurría en nuestro entorno inmediato.

Hoy podemos recibir en una sola mañana acontecimientos traumáticos ocurridos en cinco lugares diferentes del planeta.

Todos aparecen en la misma pantalla.

Todos compiten por nuestra atención.

Y todos pueden sentirse psicológicamente cercanos.

Esto puede generar una distorsión muy concreta: confundir aquello que vemos con frecuencia con aquello que ocurre con mayor frecuencia.

No significa negar los problemas reales del mundo. Existen guerras, violencia, desigualdad y catástrofes que requieren atención.

La cuestión es otra.

Nuestra percepción individual del riesgo no siempre coincide con nuestro riesgo real.

Y comprender esta diferencia es fundamental para regular nuestro sistema nervioso.

Información no es lo mismo que exposición permanente

Estar informado es saludable y necesario.

Estar conectado permanentemente a estímulos amenazantes es otra cosa.

No necesitamos dejar de leer noticias ni vivir de espaldas a la realidad. Pero sí podemos preguntarnos qué cantidad de información necesitamos realmente para estar informados.

Porque llega un momento en el que seguir mirando no nos proporciona más conocimiento.

Solo proporciona más activación.

Consultar noticias continuamente, revisar compulsivamente las redes o exponernos repetidamente a imágenes impactantes puede mantener al organismo en un estado de alerta que después resulta difícil desactivar.

Por eso una pregunta útil puede ser:

“¿Estoy buscando información o estoy buscando reducir mi incertidumbre?”

Porque cuanto más intolerable resulta la incertidumbre, más podemos intentar controlarla buscando información.

Paradójicamente, esa búsqueda puede terminar aumentando nuestra ansiedad.

El trauma también cambia nuestra forma de mirar el mundo

Este fenómeno puede ser todavía más intenso en personas que han vivido experiencias traumáticas.

Después de determinadas experiencias, el cerebro puede aprender que necesita anticiparse al peligro.

La vigilancia aumenta.

La persona observa más.

Analiza más.

Busca señales.

Intenta prever qué puede suceder.

No porque quiera vivir preocupada, sino porque su sistema nervioso ha aprendido que anticiparse puede ser una forma de protegerse.

En estos casos no siempre basta con decir “no pienses en ello” o “relájate”.

Hay que trabajar sobre el sistema que continúa interpretando que necesita estar preparado.

De la amenaza a la regulación

En consulta trabajo precisamente desde esta perspectiva.

Cuando existe una experiencia traumática concreta que continúa activándose en el presente, herramientas como EMDR pueden ayudarnos a procesar esas experiencias y reducir la intensidad con la que siguen condicionando nuestras respuestas actuales.

En otros casos encontramos un sistema nervioso que parece haberse acostumbrado a funcionar desde la hiperactivación: dificultad para desconectar, alerta constante, problemas de sueño, tensión o sensación de amenaza incluso cuando aparentemente todo está bien.

El neurofeedback trabaja desde otro lugar: entrenando determinados patrones de actividad cerebral relacionados con la autorregulación.

Son abordajes diferentes, pero comparten una idea fundamental:

no se trata simplemente de convencer a una persona de que está segura. Se trata de ayudar a su cerebro y a su sistema nervioso a poder experimentar esa seguridad.

Quizá el mundo no cabe en una pantalla

Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior.

Eso tiene enormes ventajas.

Pero también exige aprender algo nuevo: regular nuestra exposición a la información.

Porque nuestra pantalla no es una representación neutral del mundo.

Es una selección.

Y además es una selección influida por aquello que miramos, aquello en lo que hacemos clic y aquello que consigue mantener nuestra atención.

Por eso, cuando después de pasar un rato viendo noticias sentimos que el mundo se ha convertido en un lugar completamente amenazante, quizá convenga hacernos una última pregunta:

«¿Ha cambiado el mundo en estos últimos veinte minutos o ha cambiado el estado de mi sistema nervioso?»

A veces, entender esa diferencia ya es el primer paso para recuperar perspectiva.

Julia Achilli
Psicóloga General Sanitaria
Especialista en trauma, EMDR, neurofeedback y neurociencia