El cuidado del niño: establecer límites y aprender sobre Psicología infantil

Los límites son marcos referenciales y contenedores. Son elementos para realizar fines. Cuando ellos están, uno puede actuar y elegir.

Los límites son las coordenadas de los valores, de las creencias, de los modelos, de las maneras y de las reglas.

Para un niño, los límites se van desarrollando, los límites se van reformulando y adecuando a cada etapa evolutiva.

Con el tiempo y como efecto del aprendizaje estos límites puestos desde afuera se internalizan, se hacen propios y comienzan a funcionar como parte de la propia identidad.

Como ordenadores del comportamiento, los límites permiten reconocer qué es lo que se espera del niño. Esto le permite al niño aprender cuales son las reglas y de ese modo aprender a respetarlas. Es por este motivo que la ausencia de límites genera vulnerabilidad, escasos recursos para afrontar situaciones vitales y desprotección. La idea de que los padres sean los “jefes” parece anticuada y autoritaria, en tanto hoy en día la gente recalca la importancia de la cooperación y el consenso como claves para lograr relaciones efectivas. La palabra jefe evoca en los adultos una imagen de injusticia, de disciplina cruel y de irracionalidad. En los niños despierta un sentimiento de que “se les ve, pero no se les oye”.

Muchos padres por temor a repetir los errores de sus progenitores, demasiado estricta, han renunciado a una paternidad responsable sobre sus hijos. No quieren disciplinar a sus hijos del mismo modo en que ellos fueron educados, pero no saben qué otra cosa hacer. Temiendo cometer errores, no adoptan ninguna postura con relación al comportamiento y valores morales de sus hijos; viven con la esperanza de que llegarán a aprender por sí solos…. Y los niños acaban aprendiendo, aunque no lo que sus padres desearían. A menudo aprenden que no pueden contar con sus padres a fin de prepararse para las experiencias futuras, de modo que dependen de sí mismos. Pero con frecuencia fracasan, así que anticipan el fracaso y adoptan una actitud indolente.

Como parten de la idea de que todos los adultos tienen la misma postura que sus padres, manipulan y controlan a sus profesores y a otros adultos que tienen autoridad sobre ellos: puesto que ejercen el control o son los jefes en casa, suponen que éste es su papel en la escuela, los restaurantes o en cualquier otro lugar en la sociedad. Los niños que ejercen el control en casa se sienten infelices tanto en casa como en la escuela. Para el bienestar de los hijos, papá y mamá deberán ser los que manden. Los padres tienen la responsabilidad, ante el resto de la comunidad, de enseñar a sus hijos a comportarse, a relacionarse y a distinguir los valores morales que deben sostener.

La educación infantil tiene un doble objetivo:

Al nivel más básico, los padres protegen y crían a sus hijos de modo que éstos puedan crecer y desarrollarse bien. Aparte de ello, los padres se esfuerzan por enseñar a sus hijos a alcanzar una vida plena, productiva y feliz. La educación infantil constituye una gran empresa y, con frecuencia, las obligaciones son para toda la vida. Resulta imprudente emprender tal obligación sin comprender completamente los objetivos y los métodos. No es posible eludir sistemáticamente la toma de decisiones ni las responsabilidades respecto a otros con éxito, puesto que, al ser padres, habrá que asumir ambas cosas.

Si se piensa ser padre y se quiere enseñar al niño cómo lograr una vida productiva y feliz, se deberá tener una cierta conciencia, un cierto sentido sobre lo que funciona con cada persona y lo que no. No basta con saber cuáles son los valores que uno considera importantes. Resulta necesario enseñar estos valores y modos de conducta a los niños. Educar con disciplina a un niño permite transmitirle seguridad y protección.

¿Por qué resulta tan importante ejercer el control?

Los niños nacen con una personalidad básica, pero carecen de conocimientos; la experiencia, y en especial la experiencia de tener padres, puede realzar los rasgos positivos del carácter de los niños. Las malas experiencias pueden convertir los rasgos difíciles en conflictivos. Las buenas experiencias pueden hacer manejables los rasgos de personalidad difíciles.

Algunos niños, por ejemplo, presentan una propensión genética a poseer un alto grado de energía; son inquietos y difíciles de calmar. Luchan y se retuercen y a medida que crecen, se resisten a la disciplina. Estos niños quieren que las cosas se hagan a su manera. Exigen siempre más y lo desean con mayor rapidez que los niños con una energía más equilibrada. Estos niños con muchos energía se aburren con rapidez y sienten atracción por las emociones; los padres suelen observar estos rasgos se sus hijos a una temprana edad.

La particularidad de tener mucha energía no es algo bueno ni malo, se trata tan sólo de un aspecto de la personalidad del niño. Tener un hijo con mucha energía puede resultar positivo. No obstante, los padres deben saber cómo brindarle un entorno adecuado a fin de que éste pueda aprender a utilizar su energía adecuadamente. Resulta importante que le niño aprenda a estar contento consigo mismo y con su personalidad. Un niño con mucha energía que no haya sido bien educado puede convertirse en una persona colérica y rebelde, siempre en lucha contra la autoridad. Por otra parte, este mismo niño podría convertirse en un líder productivo y alegre, al legar a la edad adulta, de haber recibido una buena educación por parte de sus padres.

Otro ejemplo de rasgo innato, es la sensibilidad general. En su primera infancia, los niños muy sensibles reaccionan de inmediato y ruidosamente ante pequeños cambios a su alrededor. Los niños con estas características tienen tendencia a llorar con facilidad si se sienten frustrados o ligeramente perturbados. Se los llama inmaduros, pero en realidad tan sólo son más sensibles que otros niños y reaccionan con mayor dolor ante los acontecimientos que parecen no afectar a los demás. Si un niño se enfada un poco, el niño sensible sentirá una enorme tristeza. Para estos niños, el castigo suele ser abrumador. Y los pequeños fracasos o contratiempos pueden convertirse en experiencias traumáticas.

Al otro extremo de la escala se encuentran los niños que no son muy sensibles. Estos niños necesitan estímulos más enérgicos para reaccionar. Para ser eficientes en la puesta de límites, resulta importante aprender a conocer a los niños observándoles y analizando el modo como reaccionan ante su mundo.

Por: Julia Achilli, licenciada en psicología y colegiada en Barcelona.

Publicado en Blog, Psicología Infantil, Psicoterapia.

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